Durante mucho tiempo quizá confundiste amor con disponibilidad absoluta. Dijiste que sí por miedo a decepcionar, permaneciste donde ya no había paz y cargaste responsabilidades que nunca te correspondían. No porque fueras débil, sino porque deseabas cuidar a todos antes que a ti.
Con el tiempo descubres que una mujer que se respeta también aprende a poner límites. No desde la dureza, sino desde la claridad. Un límite sano no levanta muros; abre la posibilidad de relaciones más honestas. Protege tu energía, tu descanso y el jardín interior que tanto esfuerzo te ha costado cultivar.
La elegancia también consiste en saber qué merece entrar y qué necesita quedarse fuera. Porque no todo aquello que llama a tu puerta está destinado a formar parte de tu hogar.
"¿Qué límite amoroso necesita hoy tu vida? "
TGV




