Durante un tiempo creyó que perderse era una señal de que algo iba mal. Cada vez que la vida dejaba de tener una dirección clara, cada vez que los planes se desordenaban o las respuestas desaparecían, interpretaba aquella sensación como un fracaso. Había aprendido a valorar la certeza, el movimiento y el control. Por eso, cuando alguna de esas cosas faltaba, sentía que se alejaba de donde debía estar.
Sin embargo, después de todo lo que había descubierto en los meses anteriores, comenzó a mirar esas etapas desde otro lugar. Recordó los símbolos que aparecieron antes de ser comprendidos. Recordó los silencios que parecían vacíos hasta que aprendió a escucharlos. Recordó las memorias que seguían vivas dentro de él y los pequeños rituales que lo ayudaban a regresar a sí mismo. Ninguna de aquellas experiencias había llegado durante momentos de absoluta claridad. Por el contrario. La mayoría aparecieron cuando algo se había roto. No necesariamente una pérdida visible o un acontecimiento dramático. A veces era simplemente una sensación. La impresión de que ciertas estructuras internas ya no podían sostenerse como antes. Ideas que dejaban de funcionar. Deseos que comenzaban a perder fuerza. Caminos que durante años parecieron correctos y que, de pronto, ya no ofrecían la misma sensación de pertenencia.
Aquello podía resultar incómodo. Incluso doloroso. Porque una parte de él seguía queriendo regresar rápidamente a la normalidad. Quería encontrar una nueva respuesta, construir un nuevo plan y recuperar la sensación de control lo antes posible. Pero algo había cambiado. Ya no estaba tan seguro de que la solución consistiera en avanzar inmediatamente. Tal vez algunas etapas no llegaban para empujarlo hacia adelante. Tal vez llegaban para detenerlo.
La idea apareció una tarde mientras caminaba sin rumbo definido por una zona de la ciudad que apenas conocía. Había salido de casa buscando despejar la mente, aunque en realidad sabía que intentaba escapar de una inquietud que llevaba semanas acompañándolo. Nada parecía encajar del todo. Las respuestas que antes lo tranquilizaban habían perdido fuerza. Los objetivos que durante años le habían servido de brújula ya no producían el mismo entusiasmo. Sentía que algo dentro de él estaba cambiando, aunque todavía era incapaz de nombrarlo.
Entonces ocurrió algo curioso. Se detuvo. No porque hubiera encontrado una respuesta. Se detuvo porque ya no podía seguir corriendo. Y, en aquel instante, comprendió algo que nunca había considerado. Quizá perderse no siempre significa alejarse de uno mismo. Quizá, algunas veces, es exactamente lo contrario. Porque, mientras permanecía allí, sin intentar resolver nada, comenzó a escuchar una voz que llevaba demasiado tiempo cubierta por el ruido. No era una voz literal. Era algo más profundo. Una sensación. Una verdad tranquila que había estado esperando detrás de todas las distracciones.
Comprendió que durante años había buscado fuera aquello que solo podía encontrar dentro. Y quizá por eso ciertas etapas de confusión resultaban necesarias. No para destruirlo. No para castigarlo. Sino para desmontar todo aquello que le impedía escucharse. La vida, comenzó a sospechar, tenía formas extrañas de devolvernos a nosotros mismos. A veces lo hacía a través de la belleza. Otras veces mediante el silencio. Y, en ocasiones, cuando ninguna de esas cosas era suficiente, lo hacía permitiendo que nos perdiéramos por un tiempo. No para que desapareciéramos. Sino para que dejáramos de seguir caminos que ya no nos pertenecían.
La tarde comenzaba a apagarse lentamente cuando retomó el camino de regreso. Nada había sido resuelto. Las preguntas seguían allí. Muchas de las incertidumbres continuaban intactas. Y, sin embargo, algo se sentía diferente. Por primera vez no experimentaba la necesidad urgente de encontrar todas las respuestas. Porque empezaba a comprender que el Reino no siempre aparece cuando sabemos exactamente hacia dónde vamos. A veces aparece en el instante preciso en que dejamos de huir. Y es entonces, en medio de la incertidumbre, cuando algo pequeño, silencioso y profundamente verdadero finalmente logra detenernos.
Durante un tiempo creyó que perderse era una señal de que algo iba mal. Cada vez que la vida dejaba de tener una dirección clara, cada vez que los planes se desordenaban o las respuestas desaparecían, interpretaba aquella sensación como un fracaso. Había aprendido a valorar la certeza, el movimiento y el control. Por eso, cuando alguna de esas cosas faltaba, sentía que se alejaba de donde debía estar.
Sin embargo, después de todo lo que había descubierto en los meses anteriores, comenzó a mirar esas etapas desde otro lugar. Recordó los símbolos que aparecieron antes de ser comprendidos. Recordó los silencios que parecían vacíos hasta que aprendió a escucharlos. Recordó las memorias que seguían vivas dentro de él y los pequeños rituales que lo ayudaban a regresar a sí mismo. Ninguna de aquellas experiencias había llegado durante momentos de absoluta claridad. Por el contrario. La mayoría aparecieron cuando algo se había roto. No necesariamente una pérdida visible o un acontecimiento dramático. A veces era simplemente una sensación. La impresión de que ciertas estructuras internas ya no podían sostenerse como antes. Ideas que dejaban de funcionar. Deseos que comenzaban a perder fuerza. Caminos que durante años parecieron correctos y que, de pronto, ya no ofrecían la misma sensación de pertenencia.
Aquello podía resultar incómodo. Incluso doloroso. Porque una parte de él seguía queriendo regresar rápidamente a la normalidad. Quería encontrar una nueva respuesta, construir un nuevo plan y recuperar la sensación de control lo antes posible. Pero algo había cambiado. Ya no estaba tan seguro de que la solución consistiera en avanzar inmediatamente. Tal vez algunas etapas no llegaban para empujarlo hacia adelante. Tal vez llegaban para detenerlo.
La idea apareció una tarde mientras caminaba sin rumbo definido por una zona de la ciudad que apenas conocía. Había salido de casa buscando despejar la mente, aunque en realidad sabía que intentaba escapar de una inquietud que llevaba semanas acompañándolo. Nada parecía encajar del todo. Las respuestas que antes lo tranquilizaban habían perdido fuerza. Los objetivos que durante años le habían servido de brújula ya no producían el mismo entusiasmo. Sentía que algo dentro de él estaba cambiando, aunque todavía era incapaz de nombrarlo.
Entonces ocurrió algo curioso. Se detuvo. No porque hubiera encontrado una respuesta. Se detuvo porque ya no podía seguir corriendo. Y, en aquel instante, comprendió algo que nunca había considerado. Quizá perderse no siempre significa alejarse de uno mismo. Quizá, algunas veces, es exactamente lo contrario. Porque, mientras permanecía allí, sin intentar resolver nada, comenzó a escuchar una voz que llevaba demasiado tiempo cubierta por el ruido. No era una voz literal. Era algo más profundo. Una sensación. Una verdad tranquila que había estado esperando detrás de todas las distracciones.
